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Girls just wanna have fun(damental rights): cómo ser feminista en 1940

Comunicación

Girls just wanna have fun(damental rights): cómo ser feminista en 1940

Girls just wanna have fun(damental rights): cómo ser feminista en 1940

Nadie tiene intención alguna de tirar por tierra ni una sola coma del trabajo de grandes como Lorca ni su Romancero Gitano, tampoco desmitificar al Marinero en Tierra de Rafael Alberti; no se trata de buscar los tres pies al gato a un arte indiscutible, sólo escribir algunas líneas sobre las sombras escondidas detrás de las luces de la generación del veintisiete.
Un puñado de hombres geniales formaban un clan blindado, que no dejaba de interactuar con las mujeres de su entorno, ni de buscarlas, ni de sacar inspiración de ellas, pero que al mismo tiempo las excluía de su particular club de caballeros, excéntrico y moderno.
Porque por muy modernos que pudieran ser, en el fondo y seguramente sin querer, el lastre de haber nacido en una España de pico y pala no se borraba de lo más profundo de sus subconscientes. Porque se puede amar a una mujer, se puede alagar una mujer, sus labios, su pelo y su piel; se puede crear para una mujer, pero una mujer no puede crear nada que no sea la cena de un martes. Existía una línea muy clara entre lo que una mujer podía y no podía hacer, que definía el límite de sus competencias; lo que hoy es un techo de cristal antes era un muro de ladrillos.

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Una de las mujeres que se dio de bruces contra esa pared más de una vez es Maruja Mallo, una artista un poco olvidada de la generación del veintisiete, que no sólo se codeaba con los artistas reconocidos del movimiento, sino que a veces su relación bordeaba los límites de la respetabilidad.

Amiga de Ortega y Gasset, André Breton, Ramón Gómez de la Serna —quien escribió su biografía y la describió como “una bruja buena”—, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Concha Méndez, María Zambrano, Miguel Hernández o Rafael Alberti.

Con Alberti vivió una relación de amor tormentoso que terminó en fracaso y la convertía definitivamente en esa “gruppie” de la banda que secretamente espera un papel o al menos un reconocimiento mayor y que nunca llega. Se dice que en el periodo que estuvieron juntos, tanto Alberti como Mallo, crearon sus mejores obras; las ideas afloraban y la creatividad fluía. Sin embargo, Alberti pareció quemar cualquier tipo de recuerdo con aquella bruja buena y decidió simplemente desecharla de su memoria como el niño que se cansa de su juguete usado.

Pronto, el sufrimiento amoroso de sus amistades peligrosas perseguía su alma apesadumbrada como un nubarrón opaco y la convertía en la típica artista excéntrica y un poco loca, casi como los románticos decimonónicos de melancolía infinita encerrados en su castillo para sufrir sus penas. Maruja se encerraba en su arte, pintaba obras llenas de expresión, fuera de cualquier etiqueta inventada; simplemente catalogada como vanguardista, por poner algo, porque lo que transmitía no tenía precedentes femeninos en España.

Una mezcla atómica entre la obra de Frida Kahlo y las influencias de sus amigos artistas, Dalí y compañía, con un poco de aquí y una pizca de allá.

Sin embargo Maruja pasó sin pena ni gloria a lo largo del franquismo porque nadie quería ya bohemias republicanas ni locas pintarrajeadas con labios rojos, párpados azules y abrigos de pieles. Sus obras eran demasiado explícitas; aparatos reproductores femeninos constantes, mujeres rubicundas y fuertes, a veces mujeres negras y en definitiva, cosas bastante bizarras que si quería pintar sólo le quedaba el exilio.

No fue hasta los años ochenta, cuando Madrid empezaba a despertar, que una Maruja Mallo de ochenta años entraba en Arco, el museo de arte contemporáneo madrileño, para ver su propia obra. Fue aplaudida por jóvenes artistas que no sabían qué era aquella España de pico y pala, que juzgaron la obra sin importarles la supuesta respetabilidad en materia de hombres de la autora; se dejaron cautivar por los colores y se esforzaron por ponerse en los zapatos de Maruja buscando el sentimiento que había experimentado la artista cincuenta años atrás y sin saberlo regalaron un atisbo de esperanza a la causa feminista.

 

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