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Las redes antisociales. Dime qué publicas y te diré quién eres.

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Las redes antisociales. Dime qué publicas y te diré quién eres.

Las redes antisociales. Dime qué publicas y te diré quién eres.

Bienvenida sea la revolución del más. Del más guapo, del que más sale, del que más dinero tiene, del que más tecnología compra, del que sube más fotos a Instagram. La relación visibilidad-éxito es el último bombazo desde Brangelina y quiere ser tu foto de portada.

Es directamente proporcional y acojonantemente rentable. A mayor número de likes, mayor tu popularidad. Todo el mundo habla de ti. Qué más da si para bien o para mal. Los piropos sirven para subirte la moral cada mañana mientras disfrutas de la tostada y el café, y qué más darán las críticas, si son sólo fruto de la envidia. Haters gonna hate, ya tu sabe. Así que ponme ración extra de ego, que el desayuno es la comida más importante del día y hoy estoy que me salgo.

Es una ecuación muy simple. Sólo se trata de aparentar. Dime qué publicas y te diré quién eres. Y ese es el momento en que muchos se olvidan de que el éxito no son los 43 intentos de inmortalizar una puesta de sol mientras le gritas a tu amiga que incline más la cámara y coges aire y metes tripa y sacas pecho y miras a la nada pensando en todo para hacerte con ese #nofilters que seguro que da el pelotazo.

 

Tampoco es echarle 12 horas extra a la semana y salir un viernes de la oficina cuando ya es de noche, con la americana impoluta y la corbata ahogando los sueños, para pasear tus billetes y fardar de coche a la entrada de un VIP cuando en verdad odias al imbécil de tu jefe y no soportas tu trabajo.

Lo que pasa es que a la gente le falta vida. Salir y tomarse un par de cervezas, perder a cero al futbolín y arrastrase por debajo de la mesa. Y qué más da si es martes y mañana trabajamos, el miércoles seguirá habiendo curro. Sobran tareas en la mesa del despacho y faltan mensajes de amor en la puerta de la nevera. Damos demasiada importancia a los números. A los de la cuenta bancaria, a los de la nómina, a los de Facebook y la cantidad de likes. Yo, mi, me, conmigo.

Qué manía con el update constante. Tan genial no debe de ser la compañía ni la noche si has tenido tiempo de compartir tu ubicación en Facebook, de subir tu plato de Sushi a Instastories – con localización, no sea que alguien vaya a pensarse que estás en el chino de la esquina y no dejándote 50 pavos en la cena – de añadir a tu historia el 5º intento de boomerang brindando con tu Puerto de Indias Strawberry y tu postre a Snapchat. Y encima con filtros. Hazte un favor, déjate el teléfono una noche en casa y vive. Encuéntrate de repente y sin saber por qué en un concierto de mala muerta una noche de lluvia, con las zapatillas de tu hermana destrozadas y llenas de barro, y que te la sude porque joder, menuda noche.

Y cuéntalo. A tu hermana cuando te grite al ver las zapatillas. A tus padres cuando se rían de la resaca que llevas encima. A tu novio, cuando te vea a la mañana siguiente bebiéndote hasta el agua del perro y se burle con un conque de tranquis anoche ¿eh? A tus compañeros el lunes cuando llegues a la oficina. A tu amiga del gimnasio, que le dijiste que esa noche te quedabas en casa.

Cuéntalo a quien quieras y cuándo quieras. Y que no sepan nada cuando lo hagas. Porque no hubo ni publicación de Facebook ni stories en Instagram ni videos en Snapchat. Sólo tu, unas zapatillas que ya has tirado a la basura y un concierto de mala muerte.

1 Comentario Deja una respuesta

  1. Edcv
    Permalink to comment#

    #cuantarazon para comenzar tu respuesta, dueños y esclavos del hashtag perfecto, nos convertimos en prisioneros de ese “vivir intensamente”, sin darnos cuenta de lo que afecta a nuestro valor, a nuestra idea sobre muchas cosas que han sido, son o estan por llegar. Muy buen articulo

    Respuesta

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